jueves, 28 de abril de 2011

Vivo

El cielo se encontraba tupido de apretadas y oscuras nubes que rugían cómo si del fin del mundo se tratase. Infinidad de delgadas agujas de agua helada caían sobre la superficie de la desierta playa martillando, suave pero incesantemente, los granos de gruesa arena negra. El aire corría frío y las bravas olas golpeaban las rocas con gran violencia.

Era un milagro que viviese.

En su cabeza intentaba reconstruir la sucesión de hechos que le habían conducido allí. Había sido, y aún era, el pasajero número 13. Había embarcado ha ya más de cuatro años en una nave que prometía ser la definitiva, aquella que le acompañaría a lo largo del extenso mar en multitud de aventuras y le proporcionaría, ¡que difícil se le hacía recordarlo!, toda clase de riquezas y placeres. El nombre de la nave era La Esperanza.

La cómoda vida de la que disfrutaba, con sus rutinas y quehaceres, sus buenos y malos momentos, pero, al fin y al cabo, feliz vida, se truncó de repente un día cualquiera, arrebatándole las riendas de su destino para virar hacía un remoto y desconocido lugar. La revuelta en La Esperanza le pilló por sorpresa. No había sabido interpretar las señales que flotaban en el aire y lo había pagado caro. Ese fue su mayor error.

Cuando quiso darse cuenta se encontraba sumergido en las gélidas aguas del mar que tanto había amado y que ahora, como los grandes amores, amenazaba con arrebatárselo todo. La tormenta era salvaje y por más que nadaba no conseguía acercarse ni un centímetro a la lejana orilla. El mar le mecía a su antojo, jugando con él, como si fuese el picado corcho de una vieja botella, mermando sus fuerzas y su ánimo con la paciencia de aquel que se sabe vencedor de antemano.

Ya apenas le quedaban energías cuando recordó una frase que había oído hace mucho tiempo, quizá varias vidas antes: "La mejor manera de ahogarse es nadar a contracorriente". En ese momento se rindió y decidió entregar su vida a la providencia, dejandose arrastar.

No recordaba nada más.

Ahora estaba tendido boca arriba jadeante y semidesnudo, con el cuerpo entumecido mientras la persistente lluvia le golpeaba sin clemencia. El frío le sumía en una especie de sopor que, sin embargo, no podía calmar el intenso dolor que le recorría de arriba abajo.

Mas todo ese dolor no hacía sino recordarle una sola cosa: estaba vivo.

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