sábado, 16 de abril de 2011

You can't alwats get what you want

Así reza el título de la mítica canción nacida de puño y letra de Richards y Jagger que, junto con un cautivador coro de agudas voces, pone una pizca de dulzura a uno de los más amargos e hirientes dogmas de la historia del hombre: No siempre puedes tener lo que quieres. Así de simple y de directo, como los buenos golpes.

Mas para un observador atento, o quizá demasiado optimista, se vislumbra una pequeña grieta en tan lapidaria sentencia: "No siempre". Esto quiere decir, y dice, que en algún momento, por efímero que este sea, es posible tener todo lo que uno quiere. Que gran noticia. Y puedo dar testimonio, aún a riesgo de parecer juez y parte, de que efectivamente es posible, una vez lo tuve todo.

Pero más increíble que eso es la realidad de que, incluso en ese momento, inexplicablemente, hay algo que falta. Y es que, por imposible que parezca, todo no es suficiente. Pronto se acaba la euforia.

La razón que se esconde detrás de semejante sinsentido es tan sencilla que asusta: siempre necesitamos algo que anhelar. Y es este anhelo en si mismo el medio y el fin, resurgiendo continuamente después de cada meta alcanzada, como una sed que vuelve a aparecer tras la última gota de agua bebida. Amparado bajo distintas facetas que afloran desde el más primitivo instinto, como son la ambición, el afán de superación o, simplemente, la mera curiosidad, nos empuja siempre a buscar algo más, independientemente de lo que tengamos, como una llama caprichosa que amenaza con apagarse si no se alimenta continuamente con nuevos combustibles.



Esta insaciable conducta, tan impropia de seres supuestamente racionales, es fuente infinita de problemas y malestares, a todas las escalas posibles, puesto que, a pesar de ser de lo más común, es, sin embargo, muy difícil de explicar y, más aún, de comprender por todo aquel que no la padece.

Y lo que es peor,aún después de haber descubierto esta extraña necesidad de necesitar y malgastado largo rato meditando sobre ella,  sigue presentándose tan espesa y pegajosa como al principio, haciendo imposible atisbar, ni en lo más mínimo, un remedio que amortigüe sus efectos o alivie sus pesares. De manera que, mientras no se encuentre una solución para tal compulsiva actitud, cosa que parece poco probable, habemos de claudicar ante sus satánicas majestades y admitir que, efectivamente, no se puede tener todo, porque, simplemente, todo no existe.

Por tanto, la única esperanza en la que depositar nuestros últimos esfuerzos no es otra que cultivar la virtud del criterio, la conciencia y, por qué no, la habilidad, para tratar de manejar los infinitos "quiero" que atosigan a diario y que, con suerte, no nos contagien con la peor de las cegueras imaginables: ser incapaces de ver, por muy cerca que se hallen, las cosas que realmente necesitamos.

Quizá aún no sea demasiado tarde. Cruzo los dedos
.

No hay comentarios:

Publicar un comentario