Allí estaba. A simple vista no se apreciaba nada fuera de lo común pero él bien sabia de su naturaleza prodigiosa. Incluso se podría decir que, a sus ojos, emitía una especie de tenue luz, un brillo especial.
Al verlo siempre experimentaba una sensación agridulce fruto de la presencia de un alivio que, irremediablemente,le recordaba la existencia de un dolor.
Pero, una vez más, era el único refugio que le quedaba, el último bastión tras el cual esconderse de sus errores.
Se sentó frente a él y , tras contemplar durante unos segundos su infinita blancura, comenzó a tatuarle, con tinta negra, todas las palabras que pesaban sobre su conciencia. Sus manos iban cobrando agilidad a medida que escribía , como si las letras que arrojaban le quemasen, literalmente, las yemas de los dedos.
El folio profanado le devolvía la mirada con una sombra de reproche que era incapaz de ignorar. ¿Que haces aquí otra vez? parecía preguntarle .Ese tipo de preguntas certeras, y por ello tan dañinas, eran el precio a pagar por las interminables horas de terapia sin censura.
Después de un largo rato de confesión, el nudo que le apretaba parecía haberse aflojado lo suficiente. Dejó de escribir, se separó de él y lo leyó de arriba abajo. Otro pecado más que añadir a su, cada vez más amplia, lista.
Se fue a la cama compungido pero con la esperanza de haber aprendido la lección. Al menos ahora tenía un folio que le advertiría la próxima vez.
Primer blog donde espero plasmar, entre otras muchas tonterias, mis opiniones, puntos de vista y todo tipo de reflexiones con el simple fin de sacarlas fuera, que dentro cada vez me queda menos sitio.
sábado, 21 de mayo de 2011
miércoles, 11 de mayo de 2011
El Chelista de Sarajevo
No quedaba ni un solo libro. Aquellas páginas, que atesoraban celosamente todo el conocimiento reunido durante años, habían ardido fácilmente. Que irónica es la naturaleza de las cosas, pues cuanto más esfuerzo exigen con mayor facilidad se entregan a la destrucción. Todas aquellas lecciones del pasado, recogidas entre tapas duras para que no se pudiesen escapar a la memoria, se habían esfumado para siempre, dejando tras de sí nuevos errores que habían quedado grabados a fuego en cada uno de los escombros que poblaban lo que, antes, se hacía llamar biblioteca.
Sentado sobre uno de esos montones de escombros, en un rincón, ataviado con sus ropas de concierto y su chelo entre las piernas, se encontraba Vedran Smailovic, iluminado con la tenue luz que entraba a través del techo en ruinas. Su gesto no era más que un serio y sombrío rictus, y una mezcla de dolor e incredulidad se asomaba a sus tristes ojos azules. Su uniforme estaba cubierto de un fino polvo color ocre que pesaba más que cualquier otra cosa que hubiera soportado en la vida.
Así, envuelto en tal desalentador escenario, tomó aire lentamente, cerró los ojos y, con un suave balanceo del arco, comenzó a tocar con la esperanza de que su música llegara, de alguna manera, a todos aquellos que nunca más podrían oírla.
Las notas brotaban trémulas de entre sus manos, asustadas, mirando con asombro la asolada estampa que las recibía. Una a una iban acariciando con melancolía los espacios, columnas, muros y ventanas que muchas otras veces habían visto y que, ahora, apenas reconocían. Su llanto se apoderó de la estancia uniéndose a los silenciosos gritos de los ausentes.
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