Allí estaba. A simple vista no se apreciaba nada fuera de lo común pero él bien sabia de su naturaleza prodigiosa. Incluso se podría decir que, a sus ojos, emitía una especie de tenue luz, un brillo especial.
Al verlo siempre experimentaba una sensación agridulce fruto de la presencia de un alivio que, irremediablemente,le recordaba la existencia de un dolor.
Pero, una vez más, era el único refugio que le quedaba, el último bastión tras el cual esconderse de sus errores.
Se sentó frente a él y , tras contemplar durante unos segundos su infinita blancura, comenzó a tatuarle, con tinta negra, todas las palabras que pesaban sobre su conciencia. Sus manos iban cobrando agilidad a medida que escribía , como si las letras que arrojaban le quemasen, literalmente, las yemas de los dedos.
El folio profanado le devolvía la mirada con una sombra de reproche que era incapaz de ignorar. ¿Que haces aquí otra vez? parecía preguntarle .Ese tipo de preguntas certeras, y por ello tan dañinas, eran el precio a pagar por las interminables horas de terapia sin censura.
Después de un largo rato de confesión, el nudo que le apretaba parecía haberse aflojado lo suficiente. Dejó de escribir, se separó de él y lo leyó de arriba abajo. Otro pecado más que añadir a su, cada vez más amplia, lista.
Se fue a la cama compungido pero con la esperanza de haber aprendido la lección. Al menos ahora tenía un folio que le advertiría la próxima vez.
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