No quedaba ni un solo libro. Aquellas páginas, que atesoraban celosamente todo el conocimiento reunido durante años, habían ardido fácilmente. Que irónica es la naturaleza de las cosas, pues cuanto más esfuerzo exigen con mayor facilidad se entregan a la destrucción. Todas aquellas lecciones del pasado, recogidas entre tapas duras para que no se pudiesen escapar a la memoria, se habían esfumado para siempre, dejando tras de sí nuevos errores que habían quedado grabados a fuego en cada uno de los escombros que poblaban lo que, antes, se hacía llamar biblioteca.
Sentado sobre uno de esos montones de escombros, en un rincón, ataviado con sus ropas de concierto y su chelo entre las piernas, se encontraba Vedran Smailovic, iluminado con la tenue luz que entraba a través del techo en ruinas. Su gesto no era más que un serio y sombrío rictus, y una mezcla de dolor e incredulidad se asomaba a sus tristes ojos azules. Su uniforme estaba cubierto de un fino polvo color ocre que pesaba más que cualquier otra cosa que hubiera soportado en la vida.
Así, envuelto en tal desalentador escenario, tomó aire lentamente, cerró los ojos y, con un suave balanceo del arco, comenzó a tocar con la esperanza de que su música llegara, de alguna manera, a todos aquellos que nunca más podrían oírla.
Las notas brotaban trémulas de entre sus manos, asustadas, mirando con asombro la asolada estampa que las recibía. Una a una iban acariciando con melancolía los espacios, columnas, muros y ventanas que muchas otras veces habían visto y que, ahora, apenas reconocían. Su llanto se apoderó de la estancia uniéndose a los silenciosos gritos de los ausentes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario