Más allá del ruido y el estrés, de la prisa y el bullicio, enmarcado en tonos verdes y desafiado, puntualmente, por grandes rocas de aristas vivas, el mar.
Infinitos remolinos de aguas oscuras y turquesas que mueren en espumosas olas, a veces lánguidas sobre la blanca arena, otras veces bravas, alzándose desafiantes contra cualquier accidente que se interpone en su camino.
Es imposible permanecer impasible ante semejante espectáculo y resulta curioso, casi divertido, observar cómo, todos aquellos que se acercan, van cayendo en una suerte de embrujo invisible, pero a la vez inevitable, que los separa y los invita a contemplar en solitario. Y así, enfrentados a lo que un día fue el principio, cada uno se encuentra con esa sensación de paz, que parecía extinguida, resurgiendo desde lo más profundo en respuesta a una especie de llamada primitiva, original.
En ese momento, por una fracción de tiempo mínima, todas nuestras diferencias desaparecen y, simplemente, nos volvemos iguales. Esa es la verdadera grandeza de las cosas sencillas.
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