lunes, 25 de abril de 2011

Tan solo esperaba

Era una tarde propia de primavera. El sol poco a poco iba cediendo su espacio dibujando, con oblicuos rayos, alargadas formas a la vez que dotaba de anaranjados matices todo aquello que rozaba con sus cálidas manos. Pero nada de eso importaba, solo se trataba de otro día más.

Él estaba sentado en un banco cualquiera, de esos viejos de madera carcomidos por el tiempo, con las patas oxidadas y bastante sucio. Tenía las manos posadas sobre los muslos y la mirada perdida en un punto muy lejos de allí. La única evidencia del paso del tiempo eran los trazos de colores y formas que cruzaban delante de él sin apenas inquietarle, como si la realidad que a su alrededor acontecía solo fuese el transparente cristal de una ventana que daba a cualquier otra parte.

Tan solo esperaba.

El bullicio y la algarabía que le rodeaban no eran sino un lejano zumbido que le atravesaba y le sumía, aún más si cabe, en esa especie de trance al cuál relegaba gran parte de sus horas desde aquel lejano día.

De tal suerte se enfrentaba al devenir cuando, repentinamente, como una inesperada piedra que irrumpe en las tranquilas aguas de un estanque, una dulce voz proveniente de un lugar remoto se coló en su letargo sobresaltándole. Al principio era tan solo un susurro imposible de descifrar, un ligero murmullo. Sin embargo, conforme fue desentumeciendo su consciencia, las palabras tornábanse cada vez más claras y cercanas, como si estuviesen caminando hacia él desde el otro extremo de un angosto túnel. Y, de repente, las oyó:

"¿Qué estás esperando?"

Tras aguardar unos instantes, la muchacha que se había sentado a su lado se levantó y se fue, desanimada por su falta de interés. Pero él ni siquiera había reparado en su presencia.
..
Las tres sencillas palabras de aquella chica seguían resonando dentro de su cabeza una y otra vez, dejándole una extraña sensación que no era capaz de identificar, una mezcla de pavor y desasosiego que nunca antes había experimentado. Por un momento, sin saber por qué, se sintió totalmente desorientado, rodeado por un inmenso vacío que no dejaba ver ni oír, apenas pensar, una espesa niebla que adormecía sus sentidos y nublaba su lucidez. Un sudor frió recorría su espalda y un sonido de ansiosos latidos comenzó a retumbar, incesante y frenético, en sus oídos. Tras unos instantes que se le antojaron eternos, de pronto, como si de una manifestación divina se tratase, la causa de tal repentina angustia se tornó nítida ante sus ojos: no sabía la respuesta.
.
Se estremeció. No podía salir de su asombro. El aire que henchía sus pulmones se le presentaba insuficiente mientras un invisible nudo se cerraba entorno suyo. Llevaba tanto tiempo esperando, tantos días y noches de resignación, tantas horas de inflexible penitencia y ahora, sin embargo, no era capaz de recordar el por qué.
.
En aquel momento algo muy dentro de él se resquebrajó emitiendo un sordo sonido. Permaneció unos segundos completamente inmóvil, como un maniquí abandonado a su suerte y, entonces, lentamente, se asió al pasamanos oxidado, se incorporó y se alejó caminando.

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